| Review: HYDORAH |
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De: Locomalito (desarrollador de Verminest y L'abbaye des Morts ) ![]() Old-school power El nombre de Locomalito cada vez está en la boca de todos aquellos que gustan de lo bien hecho. Este malagueño, amante de las formas jugables de antaño, es una auténtica máquina de programar titulazos que, por norma, rinden pleitesía a una época donde la jugabilidad primaba por encima de todo. Nombres como Endless Forms Most Beautiful, L'Abbaye des Morts o el futuro Maldita Castilla dicen mucho acerca de la habilidad al código de este joven genio, amén de refutar de medio a medio su entendimiento de cómo funcionaba el mágico entretenimiento de décadas pasadas.
Uno de sus primeros proyectos es el juego que hoy nos ocupa: Hydorah. Locomalito reconoce la obvia influencia de clásicos como Gradius, R-Type e incluso Castlevania (los que lo jueguen terminarán sabiendo por qué), amén de tener a otros títulos de referencia a la usanza de Turrican, Space Manbow, Enforcer, Hellfire, Guardian, Hydefos y Armalyte. La mezcolanza resultante es la de un juego de otra época que, fundamentalmente, podía pasar por ser un representante más que digno de la serie Gradius, siendo la archiconocida saga de Konami la principal inspiración y, a su vez, el más importante de los baluartes de este Hydorah.
Tenemos ante nosotros un matamarcianos tan potente como difícil que trabaja constantemente sobre el clásico desarrollo vía scroll horizontal, haciéndonos volar sobre unos escenarios espectacularmente recreados muy fieles al concepto de juego instaurado por Konami a partir del Gradius original. Así, nos encontraremos con un diseño de niveles que huye absolutamente de la aleatoriedad, del colocar enemigos y situaciones a boleo (algo muy de los shoot’em up occidentales) para manifestar ante la pantalla la inteligencia de un buen conocedor del género, capaz de organizar todo un emporio de naves espaciales, engendros orgánicos y “accidentes geográficos” que hacen de cada nivel un mundo coherente y muy digno de estudiarse.
Y es que todas y cada una de las fases compiten entre sí de cara a ver cuál es la que ofrezca el mayor espectáculo jugable… un espectáculo, ojo al dato, solo apto para los más curtidos del lugar, puesto que Hydorah es complicado hasta la médula. Su accesible control no ofrece lugar para la duda (movernos, disparar y usar el arma extra), pero progresar entre las ordenadas tropas enemigas y los peligrosos y a veces intrincados escenarios es un adictivo ejercicio de ensayo-error. Y por si no fuera poco, al final -y a veces a la mitad- de las fases nos esperará un final boss que tratará de ponernos las cosas complicadas a base de implacables patrones de ataque.
La experiencia jugable de Hydorah se complementa sobremanera con un apartado técnico sobresaliente. Sus gráficos, que para nada necesitan estar en “alta definición”, se adecuan con estilo al espíritu arcade de finales de los ochenta que con tanto acierto pretende emular Locomalito, acompañando tal ensalada de píxeles con multitud de efectos de partículas, luces y rotaciones de sprites que lo convierten en un bonito espectáculo. Sobra decir que todo se mueve como la seda, fluido y suave como todo buen matamarcianos que se precie. Por su parte, la banda sonora creada por Gryzor87 es a todas luces sensacional, recogiendo de manera alucinante el testigo dejado por compositores como Motoaki Furukawa, Masahiro Ikarikoo Miki Hagashino en la serie Gradius, creando partituras que conservan todo el espíritu de la saga haciendo un uso magistral de los sintetizadores.
Conclusiones Hydorah es, por definirlo de alguna manera, un clásico moderno. Mantiene el tipo en todos y cada uno de sus apartados técnicos, hasta el punto de que, de salir en otra época y con el logotipo de Konami apadrinando el juego, tendríamos ante nosotros un clásico atemporal y, atención, uno de los mejores Gradius de toda la franquicia. No exagero un ápice si digo que me lo paso maravillosamente cuando juego a Hydorah… y da igual las veces que me lo acabe (logro que no llevo a cabo siempre), porque es un vicio maravilloso que, encima, entra a través de todos los sentidos. Desde luego, un regalo de Locomalito que no tiene precio. Por Spidey
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